Apocalipsis 3:20 — quién está llamando, y de qué lado está el picaporte
20He aquí, yo estoy á la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré á él, y cenaré con él, y él conmigo.
El verbo que usa esta edición sirve para golpear la puerta y para llamar por el nombre, y las dos cosas caben aquí. Lo que se promete al otro lado no es una inspección, es una cena.
Respuesta rápida
Apocalipsis 3:20 cierra la carta a la iglesia de Laodicea con una imagen doméstica en medio de un libro de visiones: alguien de pie ante una puerta, llamando. La invitación no se impone — depende de oír y de abrir — y lo que se promete adentro es una cena compartida, no una inspección.
- Escrito por
- Raphael Navarro Schmitt
- Revisado por
- Maria Luisa Navarro Schmitt
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- 3 min de lectura
Es el versículo más afectuoso del Apocalipsis y el más fácil de arrancar de su sitio. Suele usarse como frase de invitación para quien está fuera de la fe, cuando el destinatario original era una iglesia en funcionamiento.
Saberlo no estropea el uso conocido: lo mejora. La puerta de la que se habla es la de quien ya tiene la dirección correcta y aun así tiene que abrir.
Dónde aparece este versículo
Los capítulos 2 y 3 contienen siete cartas breves a siete iglesias reales de Asia Menor, cada una con elogio, corrección y promesa. Laodicea es la última, y la única que no recibe ningún elogio.
La carta viene dura. En los versículos 17 y 18 la iglesia aparece como alguien que se cree rico y no ve su propia condición, y recibe el consejo de comprar oro, ropa y colirio. El versículo 19 da la clave de lectura de todo lo anterior: la reprensión se presenta como gesto de quien ama. Solo entonces llega el golpe en la puerta.
Lo que dice
Conviene detenerse en el verbo que esta edición elige. En español sirve para golpear una puerta y también para llamar a alguien por su nombre, y aquí las dos lecturas encajan: hay un ruido en la madera y hay una voz, porque el versículo menciona las dos cosas en la misma línea.
La posición del versículo es lo que lo vuelve sorprendente. Después de la más severa de las siete cartas, uno se prepara para una amenaza o un ultimátum. Lo que aparece es alguien afuera, esperando, sin forzar nada.
Las condiciones son modestas y van en orden: primero oír, después abrir. Una precede a la otra, y ninguna es grande. A nadie se le pide ordenar la casa antes; se le pide notar que hay alguien afuera.
La última parte es la que muchos lectores cruzan sin ver, y es la cumbre. La reciprocidad se dice en los dos sentidos: él con la persona, y la persona con él. El invitado que entró también recibe. En una carta que abrió nombrando pobreza, la imagen final tiene a los dos en la misma mesa.
Qué hacer con esto hoy
Si últimamente sientes a Dios lejos, este versículo propone otra explicación posible, y es más fácil de resolver: quizá no sea distancia, sino un llamado convertido en ruido de fondo. Vale preguntarse qué está ocupando el volumen de la casa.
Y hay un ejercicio concreto para hoy, porque abrir una puerta es un acto pequeño y específico. Cinco minutos en silencio, el teléfono en otra habitación y una frase dicha en voz alta ya son del tamaño del gesto que el texto pide.
Una oración para llevar
Señor, no sé cuánto tiempo llevas ahí. Si el ruido de aquí dentro tapó tu llamada, deténme ahora. La puerta está abierta, y la mesa es tuya. Amén.