¿Dios perdona cualquier pecado?
Respuesta rápida
Sí — la Biblia no registra un pecado demasiado grande para el perdón de Dios, y trata el arrepentimiento como suficiente, por tarde que llegue. Jesús perdonó a un condenado que estaba a su lado en la cruz. La única excepción mencionada, en Marcos 3:29, describe un rechazo definitivo y obstinado, y no un error del pasado.
- Escrito por
- Raphael Navarro Schmitt
- Revisado por
- Maria Luisa Navarro Schmitt
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Esta pregunta casi nunca es abstracta. Suele venir de alguien con una cosa concreta en la cabeza — a veces desde hace años, a veces ya confesada y aun así pesando —, y lo que la persona quiere saber, en el fondo, es si ella misma está incluida. Lo está. Si llegaste hasta aquí cargando algo, la respuesta bíblica no tiene asterisco escondido al final, y las próximas líneas existen para mostrar por qué.
Lo primero que salta al leer las historias de perdón en la Biblia es que no son pequeñas. David mandó matar a un hombre para encubrir lo que había hecho con su mujer, y el Salmo 51 es la oración que escribió después. Pedro negó a Jesús tres veces, en voz alta, en el peor momento posible, y fue restaurado. Pablo se presenta como el primero de los pecadores por haber perseguido a la iglesia, y presenta su propia historia como demostración de la paciencia divina. El patrón de los textos no es «los pequeños sí; los graves no». Es exactamente lo contrario: son los casos graves los que la Escritura se ocupa de registrar.
El caso más extremo dura pocos versículos. Un hombre condenado a muerte, colgado al lado de Jesús, admite que está siendo castigado con justicia y pide solamente ser recordado. No hubo tiempo de reparar nada, ni de cambiar de vida, ni de probar arrepentimiento con obras. La respuesta que recibe es inmediata y sin condiciones. Quien cree que perdió el plazo tiene ahí el contraejemplo más claro que la Biblia ofrece.
Sobre lo que el perdón pide, los textos son más sencillos de lo que la angustia suele imaginar. Juan escribe que confesar basta para ser perdonado y limpiado. El Salmo 51 dice que lo que Dios no desprecia es un corazón contrito y humillado. En ninguno de los dos casos la exigencia es sentirse perdonado, ni probar que nunca más va a ocurrir, ni alcanzar un grado suficiente de remordimiento. La condición descrita es honestidad, y la honestidad es algo que se puede tener en un día malo.
Falta enfrentar el versículo que trae a mucha gente hasta aquí. En Marcos 3, Jesús afirma primero la amplitud del perdón, alcanzando todo pecado y toda blasfemia, y entonces abre una excepción única: la blasfemia dirigida contra el Espíritu Santo, de la que dice que no tiene jamás perdón. Hay que leer lo que vino antes y lo que viene después. Escribas venidos de Jerusalén estaban diciendo que él expulsaba demonios por el poder del jefe de los demonios, y el propio evangelio explica, en el versículo final del pasaje, que la advertencia se dijo por eso: atribuían al mal la obra del Espíritu, y lo hacían de forma deliberada, sabiendo lo que veían.
Lo que las tradiciones entienden por ese pecado converge bastante. El catecismo católico lo describe como el rechazo deliberado a aceptar la misericordia mediante el arrepentimiento — un endurecimiento que puede llevar a la impenitencia final. Buena parte de la teología evangélica describe lo mismo con otras palabras: no un acto aislado, sino una dirección asumida y mantenida hasta el final, un rechazo continuo del único socorro disponible. En las dos descripciones, lo que está en juego es una postura definitiva, y no una frase dicha en un momento de rabia o un pensamiento que invadió la cabeza durante la oración.
De ahí viene la observación que sacerdotes, pastores y catequistas repiten desde hace siglos ante esta aflicción, y merece decirse con todas las letras: quien teme haber cometido ese pecado está, por eso mismo, describiendo lo contrario de lo que el texto describe. El endurecimiento retratado en Marcos no sufre, no busca, no se pone a investigar de madrugada si todavía hay salida. La preocupación por la posibilidad de haber ofendido a Dios es señal de una conciencia viva, y no de una conciencia cerrada.
Una última nota práctica, porque parte de quien lee esto ya sabe todo lo que está escrito arriba y sigue sin alivio. La culpa que permanece después de la confesión, que vuelve en ciclos y no cede ante ninguna garantía, es un fenómeno conocido — la tradición cristiana le dio el nombre de escrúpulo mucho antes de que la psicología lo estudiara. Si es tu caso, vale conversar con un sacerdote o pastor de confianza, y, cuando eso ocupa el día y estorba la vida, vale también buscar acompañamiento profesional. No es falta de fe: es un sufrimiento que tiene tratamiento, y buscarlo no sustituye nada.
Qué dicen los pasajes
18Venid luego, dirá Jehová, y estemos á cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos: si fueren rojos como el carmesí, vendrán á ser como blanca lana.
Dios propone un ajuste de cuentas y describe el resultado con una imagen de tintorería: manchas de grana y de carmesí que quedan como la nieve y como lana blanca. El detalle importante es la invitación inicial — la iniciativa parte del lado ofendido, lo que ya responde la mitad de la pregunta.
12Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.
La medida escogida es la distancia entre el oriente y el occidente, que, al contrario del norte y del sur, nunca se encuentran. Es la forma bíblica de decir que no queda residuo después del perdón, y es el versículo que mejor responde a quien siente que la culpa volvió.
17Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado: al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.
Escrito por David después del episodio más grave de su vida. Concluye que Dios no desprecia un corazón contrito y humillado — es decir, que el estado en que la persona llega destrozada no es obstáculo para el perdón, sino justamente lo que basta.
20Y levantándose, vino á su padre. Y como aun estuviese lejos, viólo su padre, y fué movido á misericordia, y corrió, y echóse sobre su cuello, y besóle.
21Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo, y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.
22Mas el padre dijo á sus siervos: Sacad el principal vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y zapatos en sus pies.
23Y traed el becerro grueso, y matadlo, y comamos, y hagamos fiesta:
24Porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado. Y comenzaron á regocijarse.
En la parábola, el padre ve al hijo de lejos y corre — un hombre mayor corriendo en público, cosa indigna en aquella cultura. Y el abrazo ocurre antes del discurso de arrepentimiento, no después. El orden de los gestos es el argumento.
40Y respondiendo el otro, reprendióle, diciendo: ¿Ni aun tú temes á Dios, estando en la misma condenación?
41Y nosotros, á la verdad, justamente padecemos; porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos: mas éste ningún mal hizo.
42Y dijo á Jesús: Acuérdate de mí cuando vinieres á tu reino.
43Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso.
El caso límite. Un condenado que admite la justicia de su propia pena y pide solo ser recordado recibe una promesa inmediata, sin tiempo de reparar nada ni de probar un cambio. Quien cree haber perdido el plazo encuentra aquí el contraejemplo más directo de la Biblia.
28De cierto os digo que todos los pecados serán perdonados á los hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera con que blasfemaren;
29Mas cualquiera que blasfemare contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, mas está expuesto á eterno juicio.
30Porque decían: Tiene espíritu inmundo.
El pasaje del llamado pecado imperdonable, y hay que leerlo entero. La afirmación empieza por la amplitud del perdón, y el versículo final explica el motivo de la advertencia: los escribas decían que él tenía espíritu inmundo, atribuyendo deliberadamente al mal la obra que veían hacer al Espíritu.
9Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad.
La frase que más sirve de ancla práctica, y lo que pide es modesto: confesar. No exige sentirse perdonado, ni garantizar que no se repetirá. Y el adjetivo aplicado a Dios es justo, y no solo misericordioso — el perdón aparece como compromiso cumplido, no como favor incierto.
15Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar á los pecadores, de los cuales yo soy el primero.
16Mas por esto fuí recibido á misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habían de creer en él para vida eterna.
Pablo se presenta como el primero de los pecadores, en presente, siendo ya apóstol. Y le da a su propia historia una función: servir de muestra para quienes vinieran después. Quien se cree un caso perdido está exactamente en el público que el texto declara tener en mente.
1AHORA pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme á la carne, mas conforme al espíritu.
Una línea, sin adjetivo ni condición intermedia. Funciona como cierre porque responde no a la pregunta jurídica sobre qué puede perdonar Dios, sino a la pregunta que suele estar debajo de ella: qué queda colgando sobre la persona después.